martes, 15 de diciembre de 2015

EL FALO DE ÉBANO



A medida que me acercaba al lugar indicado, los edificios se tornaban más antiguos y miserables. En uno de ellos, que no difería en nada de los demás, me aguardaba aquel tipo. Subí los tres pisos a la carrera, para no tener que respirar más aire inmundo del necesario. Pulsé el timbre, que sonó más afónico que la voz de Joe Cocker, y respondió una voz de negro desde el interior.

- ¿Quién llama?
- Soy yo, Irma, la del pañuelo de ayer, cuando te tuviste que marchar…- no pude acabar la frase, pues la puerta se abrió de sopetón, una mano oscura la atravesó, agarrándome de una muñeca, y me estiró hacia sí.

Me disponía a vaciar mis pulmones en un formidable grito de auxilio, cuando acerté a vislumbrar el rostro familiar del mantero, con los ojos abiertos como naranjas, más asustado que yo.




- Perdona, chica, es que desde ayer llevo el susto en el cuerpo, ya me veo repatriado a Senegal, buscándome la vida para volver a entrar. No esperaba visita.
- Muy bien, disculpado pues. Vamos al grano, ¿cuánto te debo por el pañuelo?

Mamadou me miró incrédulo.

- ¿Has venido a pagarme? – me soltó con la misma perplejidad que su compatriota había exhibido unos minutos antes. Al parecer, en su país no se llevaba mucho la formalidad.
- ¿Te lo tengo que decir en chino?
- Pues serán, son… nada, no te puedo cobrar. A alguien como tú no se le puede hacer pagar por nada.



No entendí del todo su respuesta, sobre todo la parte aquella de “alguien como tú”, aunque la forma en que me miraba las tetas me daba alguna pista. La prominencia que empezaba a dibujarse en las bermudas que llevaba puestas también eran un indicio claro de lo que le rondaba por la cabeza. No me lo había hecho nunca con un negro, y sentía la curiosidad de muchas féminas por comprobar si todos los tópicos sexuales acerca de ellos tenían una base real.

Sin esperar a ser invitada, me aproximé a él y posé una mano sobre aquella enorme erección. La tensión palpitante y poderosa que se adivinaba al tacto me hablaron de un vigor sexual salvaje, animal, natural e instintivo. Cuando introduje la mano en el pantalón, las dimensiones monstruosas de aquel artefacto que palpaba casi me asustaron. Jamás me había preocupado por la posibilidad de ser incapaz de engullir o ser penetrada por un miembro a causa de sus dimensiones, pero aquella vez no las tenía todas. A Mamadou, sin embargo, aquello no parecía quitarle el sueño porque, ni corto ni perezoso, me despojó de mi ropita playera, me tomó con sus musculosos brazos y, levantándome en el aire, me ensartó con aquella tranca descomunal.



Me sentí llena, tan absolutamente llena, que dudaba de que aquello fuera capaz de moverse hacia dentro o hacia fuera. Miré al negro con la duda dibujada en mi rostro: «¿y ahora qué?». Lo que hizo a continuación, dejó claro que yo no era la primera blanca que se tiraba: me sujetó ambas nalgas con las manos, y empezó a moverme en espiral, primero suavemente aunque ganando en intensidad, como si él fuera un enorme sacacorchos intentando abrirse paso y vencer la resistencia del cuello de una botella, pero sin romper el corcho. Lo acompañó con un lameteo delicado de mis pezones, que ya empezaban a responder. Mi cuerpo hizo el resto: como si acabara de despertarse de un letargo invernal, empezó a fabricar jugos a lo loco y a verterlos en la vagina como si la vida le fuera en ello.




Suspendida en el aire, atravesada por aquel mástil de velero mercantil que empezaba a entrar y salir de mí cada vez más rápido, empecé a sentirme desbordada por un placer absolutamente genital, carnal, fruto de la unión dura y sin paliativos de dos sexos hambrientos devorándose. No lo dejamos durar mucho más y nos corrimos pronto. Aquello era lo que era: un aquí te pillo aquí te mato, un polvo rápido que te quita el hambre pero no te sacia.  

- Con esto queda pagado el pañuelo, espero – bromeé mientras me vestía.

Mamadou asintió. Todavía recuperaba el aliento, y me daba a mí que su cultura no era especialmente proclive a las manifestaciones afectivas del varón hacia la mujer tras el acto sexual. Me despedí con un guiño y abandoné aquel cuchitril desvencijado tan repleto de miedos y esperanza.


5 comentarios:

  1. Impresionante, me pusistes a mil Irma, como me gustaría tenerte ahorita mismo a mi lado....besos....Javier Aguirre(fb)

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  2. Me facinaria tener una experiencia con un chico de color es mi fantasía

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  3. Me facinaria tener una experiencia con un chico de color es mi fantasía

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